Sobre la muerte, a la luz de Tolstói
Comparto un trabajo muy breve que tuve que hacer para la asignatura de Antropología filosófica, consistente en reflexiones filosóficas en base a lecturas de obras literarias que nos fueron mandadas.
CABE MENCIONAR que este trabajo no es fruto de profundas investigaciones y áridas reflexiones, sino más bien fruto de intuiciones e ideas que estas obras despertaron, y que simplemente decidí plantear en el texto.
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Pero ha llegado el momento de marcharnos, yo a morir, vosotros a vivir. Nadie sabe con claridad cuál de las dos cosas es mejor, excepto quizá el dios.(Platón. Apología de Sócrates)
La muerte es, con total probabilidad, el momento más importante de nuestra vida (o al menos así lo han dicho muchos sabios), y es, sin embargo, a la vez que el único acontecimiento cierto y seguro de nuestra vida, uno de los más ignorados y olvidados.
Recordar que somos mortales es un imperativo para saber vivir como corresponde: como mortales. La reflexión sobre la muerte abre las puertas a la reflexión sobre la vida, por paradójico que suene. En este cuadernillo meditaremos sobre la muerte, a la luz de las lecturas de este semestre, teniendo la primacía —por el deleite que me ha causado su
lectura— la obra de Tolstói La muerte de Iván Ilich.
I. La vida y la muerte
Imaginemos por un momento que entramos en una casa, y al llegar a la estancia del descanso, encontramos a un hombre pálido y huesudo, desprendiendo hedores, yacente y sin movimiento, la mirada paralizada, los labios algo ennegrecidos, entre un horripilante silencio. Eso fue lo que vio Piotr Ivánovich al entrar en la casa de Iván Ilich y observar su cadáver. Eso es la muerte, que sin misericordia destruye todo, como destruida fue la civilización por la ceguera en la obra de Saramago. Esa muerte que es tan certísima y, sin embargo, el único acontecimiento de la vida prefijado y el más ignorado y olvidado. La muerte: ¿qué sentido tiene, qué es, es el final? Tantas preguntas sobre este misterio, que, sin embargo, no se atreven los hombres a pronunciar sobre su conciencia. Prefieren olvidar la muerte, y vivir como si fuesen, sin duda, inmortales. En realidad, el hombre tiende a esto. Pero si vamos a morir, ¿cómo es que vivimos como inmortales? No parece concordar con el aparente fin de la criatura humana, que es la muerte, pues Iván Ilich se atormentaba en su lecho de muerte revisando su vida:
«Me deslizaba cuesta abajo e imaginaba que iba cuesta arriba. Así fue. En la medida en que, según la opinión de los demás, iba en ascenso, la vida se me escapaba bajo mis pies… Y ya estoy listo, ¡puedo
morirme! […] ¿Acaso no he vivido como quisiera? —se le ocurrió de pronto—. Pero ¿cómo es posible si lo hice todo según debía?» (Tolstói. La muerte de Iván Ilich. Capítulo 9, pp. 79-80. Madrid: Mestas Ediciones, 2025).
Los hombres inconscientes o temerosos de adentrarse en estos misterios, en vida temerán y rehuirán a la muerte, y en la muerte, temerán y rehuirán de la vida. En vida, este hombre es un pequeño Bartleby, atormentado por el misterio de la muerte, rehuyéndolo con múltiples distracciones (como el trabajo sin sentido aparente); y en la muerte, es un pequeño Iván Ilich, no pensando ya tanto en la muerte misma, sino en la vida que se va, y no con consolaciones, sino con el mismo terror que le daba antes la muerte: pues en la vida y en la muerte, la muerte y la vida respectivamente son agujas de la conciencia. El conocimiento de la muerte recuerda que la vida es vanidad porque rápido se va, y el recuerdo de la vida en la muerte llena de tormentos porque revela cuánto tiempo se ha perdido en balde en la vida que fenece, indigna esta ante la muerte (cosa que precisamente atormenta a Ilich). Parece así que la clave de esto es que la muerte atemoriza porque hace que la vida terrena a la que tanta importancia damos desaparezca, y la vida en la muerte atormenta porque la vida vivida con tan excesiva importancia es nada frente a la muerte, pues tomarse en serio en exceso esta vida es simplemente afirmar que solo existe esta vida, sin embargo, no es verdad, porque también existe la muerte, es decir, que esta vida no puede ser tomada como lo más perfecto o máximo, porque si lo fuera, sería eterna, sería vida en plenitud; es, sin embargo, temporal. Debe luego ser tomado en cuenta su valor pero en virtud de la muerte, que es su fin. Por lo tanto, la pregunta que realmente atormenta a estos personajes (a Bartleby, a Ilich, a Unamuno…) es nada más y nada menos la siguiente: ¿Cómo es la muerte? Es decir, ¿qué ocurre al morir? Y hallar solución a esto es determinante, porque la realidad detrás de la muerte definirá necesariamente nuestra actitud ante la vida. La muerte es el reflejo de la vida. La realidad sobre la muerte nos revelará el sentido de la vida.
II. El amor y la muerte
Entonces, la cuestión viene, sobre todo, a ver si hay algo después de la muerte o no. Unamuno sabe ver muy bien ese deseo connatural a todo hombre de vivir, y no vivir como una simple prolongación de nuestra existencia mental, sino vivir tal cual vivimos ahora, es decir, en cuerpo y alma. Esto nos da ciertas claves sobre la muerte: que es algo
completamente disruptivo que contradice nuestros deseos y tendencias naturales. Tenemos en nosotros el deseo de vivir eternamente, y sin embargo, suponiendo que la muerte es el final de la existencia, sería el único deseo incapaz de ser correspondido, cosa que parece sospechosa. Pero no es solo un deseo, sino una tendencia a vivir sin límites, como si no existiera la frontera de la muerte. Pero hay incluso otro deseo y tendencia más elevado, pero no por ello independiente: el amor, que no se contenta con amar temporalmente, por un tiempo; sino que desea salir de sí y amar por siempre y con la mayor intensidad posible. Es decir, hay un deseo de inmortalidad personal, pero de alguna manera hay un deseo de amar y de ser amado eternamente, en cuanto que el verdadero amor no se contenta con límites temporales (todo lo relativo al verdadero amor lo tratamos en el primer cuadernillo).
Entonces, ¿qué es lo que me sucede tras morir? Y
más importante: ¿Qué es lo que sucede con el vínculo del amor? ¿Se acaba mi amor por los demás con mi muerte? Deseo y tiendo a vivir sin fin y a amar sin fin, ¿y aun así se acabará? ¿A qué, entonces, la vida y el amor?
Sin embargo, no somos capaces de renegar de estas dos cosas totalmente en serio. El que reniega de la vida (es decir, el suicida) lo hace, generalmente, para estar en paz consigo mismo, pero estar en paz consigo mismo es solo posible viviendo; y el que reniega del amor generalmente lo hace en consideración de sí mismo, es decir, por amor a sí mismo; luego, de ambas cosas no podemos renegar en absoluto, y ambas están muy unidas, pues la vida sin amor no es nada sino hastío. ¿Hace falta mencionar la profunda depresión de Bartleby en El escribiente? De él no vemos amor en ninguna parte, y por ello, su vida es un hastío; ¿y qué hay de Iván Ilich, de matrimonio infeliz? Así pues le atormenta la vida en la muerte. Si la vida, supuesta como simple producto azaroso, está simplemente para dejar descendencia en este mundo en favor de nuestra especie, entonces nunca tuvo sentido que apareciera la vida, porque viviríamos para desaparecer. El amor, por otra parte, complemento de la vida, que la transforma bellamente, ¿qué utilidad tiene, desde el punto de vista naturalista y darwiniano? Porque el amor es contrario, muchas veces, al instinto de supervivencia, pues el amor verdadero lleva al sacrificio en los casos más extremos. Hay, entonces, en el hombre dos cosas, la vida y el amor, que desde el punto de vista de una muerte eterna son sin duda dos grandes problemas. Tolstói parece hacerse eco de ello:
«Cayo es un hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal», le pareció correcto toda su vida con relación a Cayo, pero no lo era en relación consigo mismo. […] ¿Acaso besó Cayo la mano de su madre como él [Ilich] la besaba? ¿Acaso susurraban para Cayo igual los pliegues del vestido de su madre? ¿Acaso Cayo armaba motines en la Escuela de Jurisprudencia por unos pastelillos más o menos? ¿Acaso estaba enamorado como él? […] en lo que a mí se refiere, a Vania, a Iván Ilich, con todos mis sentimientos y mis ideas, es algo muy distinto. No puede ser que vaya a morir. Sería demasiado horroroso. (La muerte de Iván Ilich, Capítulo 6,
pp. 57-58).
Si la muerte supone la interrupción de las dos cosas que según la experiencia de todos son pizcas de eternidad en cuanto a su grandeza, entonces la muerte es absurda. Entonces, afirmar la muerte eterna (es decir, que nada hay después de la muerte) es afirmar el sinsentido del amor y de la vida. Luego, el amor y la vida no valen absolutamente nada, y esta es, precisamente, la actitud de Iván Ilich, debido a que ha asumido
precisamente esa filosofía sin reflexión previa, asumida por su contexto. La idea de que la muerte es el final le atormenta durante toda su enfermedad, salvo cuando la enfermedad avanza
hasta las puertas de la muerte, donde su reflexión
se centra más, como dijimos, en la vida ya casi perdida.
Pero el nihilismo de la vida y del amor es algo antinatural para la experiencia humana. El mismo Iván Ilich, incluso aunque pusiera en práctica ese nihilismo en su enfermedad, al final acaba la naturaleza humana imponiéndose, revelándose el amor.
Explicita Tolstói que los dolores de Iván Ilich
aumentaban con el odio que crecía en su interior. Y véase que cuando su cuerpo se zarandeaba de dolor, “Su mano golpeó la cabeza del muchacho [su hijo]. Este la agarró, se la llevó a los labios y rompió a llorar” (La muerte de Iván Ilich, Capítulo 12, p. 90).
Llora porque el dolor y la cercanía de la muerte le
hacen deponer ya los odios y abrazar el natural amor, porque todo lo que constituyó su vida “es falso; un engaño que te impide ver la vida y la muerte” (Ibid., Capítulo 11, p. 88). Para mayor prueba de este amor que se manifiesta, hemos de leer su última interacción con su familia, incluida su odiada esposa:
Coincidiendo con esta acción, Iván Ilich cayó en el agujero del saco, vio la luz y se le reveló que toda su vida había sido una completa equivocación, pero que aún tenía tiempo de rectificar. […] Sintió entonces que algo besaba su mano. Abrió los ojos y miró a su hijo. Sintió lástima por él. Su mujer se acercó. La miró. Ella la miraba a él boquiabierta y entre lágrimas, que no se preocupaba de secar, en la nariz y las mejillas, con una expresión de desesperación. Esto lo apenó. «Sí, les estoy haciendo sufrir —pensó—. Me dan lástima, pero ya se encontrarán mejor cuando me muera». Así quiso decirlo, pero no tuvo fuerzas para articular las palabras. Señaló a su hijo con la mirada y le pidió a su esposa: —Llévatelo… Me da pena. Y tú…, —quiso añadir «perdóname», pero le salió algo muy confuso. (La muerte de Iván Ilich, Capítulo 12, p. 90).
Este pasaje es rico. Por primera vez desde su enfermedad el amor por su familia lo despierta, le hace ver la luz, e incluso lo hace arrepentirse de su mal trato para con su esposa. Es en ese momento donde claramente el amor se impone sobre la desesperación de la muerte, y es probablemente uno de los momentos más dulces de todo el libro. Ocurre, además, justamente después (cronológicamente, unos días después) de que Iván reciba la extremaunción, que según la teología, puede proporcionar la gracia de sobrellevar la muerte y el dolor con gran consolación y ánimo, y también puede traer consigo el arrepentimiento de los pecados. Con esto es como si Tolstói, sin decirlo claramente, nos estuviera avisando de que ese quiebre en Ilich haya podido ser obra sobrenatural, arrojando luz sobre el destino tras la muerte y su relación con la vida y el amor: tras la muerte, ¿está Dios?
III. La vida después de la muerte
Pero antes de responder a tal pregunta, quizás debamos revisar el lecho de muerte de Iván Ilich, pues tiene sentido que la muerte, cuando llega, destruye muchas convicciones. Las convicciones destruidas en este caso son las nihilistas, según se interpretará.
Sintió lástima por ellos [su familia]; había que hacer algo para mitigar su aflicción. Para evitar sus sufrimientos y los de él mismo. «¡Qué bien y qué sencillo —pensó—. ¿Y el dolor? —se preguntó—. A ver, dolor, ¿dónde estás? Prestó atención. —Sí, ahí está. Que siga, no importa. —¿Y la muerte? ¿Dónde está? Buscaba, sin poder encontrarlo, su anterior y habitual miedo a la muerte. ¿Dónde está? ¿Qué muerte? No sentía ningún miedo porque no había muerte. En lugar de muerte había claridad. —¡Ah, ahora lo comprendo! —dijo en voz alta de repente—. ¡Qué alegría! […] —¡Se acabó! —dijo alguien próximo a él. Iván Ilich escuchó estas palabras y las repitió en su alma. «Se acabó la muerte —se dijo—. La muerte ya no existe». (La muerte de Iván Ilich, Capítulo 12, p. 91).
Al llegarle la muerte, ve claridad. Al buscar la muerte que lo atormentaba, comprende que no
había que sentir miedo alguno, porque no había muerte. «Muerte» para él, antes de esto, era claro sinónimo de «dejar de existir». Entonces, al negar la existencia de la muerte, y afirmar, alegremente, la de la claridad, comprende que después de la muerte no hay oscuridad o inexistencia, sino, precisamente, eso que acaba de experimentar: vida y amor infinitos. Es curioso que alguien próximo a él le diga que ya se acabó su trance, sin mencionarse explícitamente quién es. Podría ser uno de sus familiares, cosa improbable; o una alucinación de delirio. Pero, debido a que todo esto sucede tras la extremaunción, podríamos pensar que, quizás, Tolstói pudo pensar en algún ser sobrenatural, como por ejemplo un ángel o el mismísimo Dios, que ya lo llamaba. Si esto fuera así, lo que está comprendiendo en ese momento Iván Ilich es que la muerte es el paso a la vida eterna para amar eternamente a Dios, que por definición, es la Vida y el Amor en plenitud.
Asimismo, también está comprendiendo el sentido de la vida, por lo que dijimos antes de que la muerte es reflejo de la vida: el sentido de la vida es amar a Dios y a los demás por Dios, al ser este el Amor. Así se entiende que al haber recibido Iván Ilich la extremaunción y haberse dejado inundar del amor de su familia el tormento se le haya convertido en gozo, gozo porque esa oportunidad que aún tenía para retractarse la había aprovechado. Y así, su vida, que toda ella fue pérdida (salvo la infancia, según él mismo dice, debido a la inocencia que la caracteriza), valió la pena por esas últimas horas de amor y arrepentimiento, o mejor, de contrición.
El sentido de la vida es amar a Dios y amar a todos los hombres, y esto se hace ejerciendo la virtud, que es la manera de poner en práctica el amor. Esto, al menos, es lo que se puede deducir de la lectura de Tolstói. Unamuno mismo menciona también a Dios, aunque en términos aparentemente panenteístas, como la clave para el sentido de la vida, que nosotros no podemos suscribir, aunque sí rescatar. Sobre Bartleby podríamos decir que fue como Iván Ilich, solo que en vez de vivir la muerte en sus carnes, vivió las ajenas, debido a su trabajo en el servicio de correos de las cartas de los muertos sin entregar; y tal realidad le abrumó tanto al punto de que no pudo abrirse al amor y por tanto a Dios. Normal es esto, pues queda patente que Bartleby no tenía a nadie que le amara, y el que se
acercaba a él, su jefe, para tratar de ayudarlo, en nombre de la caridad, según decía él mismo, era rechazado, porque Bartleby, dominado probablemente por la sensación de vanidad de la vida, se había cerrado al amor, y eso es, con total probabilidad, lo más cercano al infierno en la tierra.
Conclusión
En estas humildes reflexiones sobre la muerte me quedo sobre todo con lo desprendido de
la lectura de La muerte de Iván Ilich, pues esta obra me ha parecido, a pesar de su brevedad, una joya literaria que debería de ser de obligada lectura en el siglo XXI, el siglo de los inmortales que huyen de la muerte, refugiados en las falsas esperanzas de la
tecnología. Pues porque reflexionar sobre la muerte es, al final, como tanto hemos insistido, reflexionar sobre la misma vida; y tomar posición sobre la muerte es tomar posición sobre la vida.
Es cierto que, desde un punto de vista estrictamente filosófico, es muy complicado llegar
a soluciones sobre el misterio de la muerte. Pero me parece que hay algo quizás tan fuerte como la razón (pues la razón no es la única fuente de conocimiento, ni mucho menos), que es la sana intuición, o el sentido común, y creo que este nos dice a todos, examinándonos a nosotros mismos y examinando a los demás, especialmente a los que
más amamos, que las cosas humanas, vistas en su esencia, son demasiado sublimes como para tener un final. Es cierto que desde una cosmovisión naturalista y no-teleológica se sigue un cosmos completamente oscuro, caótico y azaroso, y la razón puede llevarnos a estas opiniones, como sabe ver, con sus más o sus menos, Miguel de Unamuno; pero, como también ve él, hay algo más fuerte que esas razones, que es la intuición y sentido común de que el mundo tiene un orden, de que las cosas tienen un fin, de que las cosas sublimes no pueden no ser eternas. ¿Es una proyección personal de la humanidad? Me es difícil suscribirlo, ya que, si la Naturaleza es caótica y ha generado todo por azar, me cuesta ver que haya creado las cosas tan bellas que observamos, e incluso que podamos reconocer la belleza misma, la cual en sí misma es inútil para nuestra supervivencia, y por eso es necesaria para vivir. La vida y la muerte están llenas de misterios, pero el microcosmos que es el hombre es a la vez tan grande y tan pequeño que se me hace difícil creer en posturas naturalistas y no-teleológicas.
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Pax et bonum.
Matthaeus, ancillus Domini.