La Cruz: centro de la Historia Universal
Hoy celebramos la Anunciación del Señor, la Solemnidad en la que la Iglesia nos invita a meditar principalmente sobre el misterio de la humanidad de Cristo, y también cómo esta naturaleza humana de Cristo se conjugó de forma perfecta y admirable con la naturaleza divina del Verbo de Dios.
Con esta ocasión, quisiera plantear una meditación que he tenido esta mañana al leer las Lecturas de hoy, especialmente la carta a los Hebreos: que Cristo, el Señor, y este crucificado, es el centro y la plenitud de la Historia.
Efectivamente, la Historia no sería sin la Cruz. La Historia fue hecha para que se diese la Cruz. La Cruz es el centro de la Historia y es la plenitud de la Historia. En la Cruz desembocan los ríos de la Historia Antigua y de la Historia Moderna; del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento; de la era de esclavitud y de la era de libertad; de la era pagana y de la era cristiana. Fue allí, en el Calvario, donde toda la Historia de la Humanidad se hizo presente en la mente de Cristo, sin sesgos ni ideologías. Toda la Historia apareció en los pensamientos del Crucificado, y cada hombre y mujer de todos los tiempos apareció ante Cristo sufriente.
Allí, en la Cruz, pensó Cristo en cada Faraón, cada rey, cada emperador, cada noble, y cada campesino, siervo y pobre. Allí, individualmente, ante Cristo aparecieron todos los hombres de la Tierra, tanto los pasados, los presentes y los futuros. Ante Cristo se puso la vida de Alejandro y César, de un campesino chino y la tuya. Miró allí, en la Cruz, todos los detalles de sus vidas: las virtudes y vicios de cada uno, y cuando vio los pecados de Alejandro, de César; del campesino chino y los tuyos, dijo:
"Acepto tu pecado, lo pongo sobre mis hombros, para así salvarte".
Y cuando veía que pese a que Él añadía los pecados de cada hombre a su carga algunos se iban a condenar, sufría hasta la muerte. He aquí el misterio que hoy contemplamos: que Dios, siendo completamente impasible, sufrió por nosotros, tanto corporalmente como espiritualmente. Era Dios, por lo que quedó intachable, pero como Hombre sufrió. He aquí el gran misterio del Hijo de Dios. He aquí la grandeza y el amor con el que nos amó: que no amó en general a los hombres, sino a cada hombre en toda su individualidad, y los amó allí en la Cruz, y allí soportó cada pecado de cada hombre, de nuevo, individualmente.
Nos miró a todos, miró toda la Historia, y miró a los que allí le ultrajaban, y por todos dijo:
"Perdónalos, Padre, pues no saben lo que hacen".
No saben lo que hacen, no supieron lo que hicieron, no sabrán lo que harán. Pide el Señor a su Padre el perdón de todos los hombres, ante cuya mente están. Piensa en todos los hombres, desde Adán hasta el último de los nacidos.
Así, el centro de la Historia no puede ser otro lugar o acontecimiento sino la Cruz, pues en ella se hizo, en cierto sentido, presente la Historia de la Humanidad en la mente de Cristo. Cristo vio toda la Historia, y la asumió y aceptó, y cargó con todos los pecados que había en ella. Una carga insoportable, pero que soportó por amor a nosotros.
Ojalá los historiadores narrasen la Historia teniendo en cuenta esto: que el centro de la Historia es la Crucifixión del Señor, que es lo único que realmente cambió la Historia, y que partió la Historia en dos: en antes del tiempo de Cristo, y después del tiempo de Cristo; en la era de la esclavitud, de la superstición y de la violencia, y de la libertad, la fe y la paz.
Que María, la Virgen, a la que hoy conmemoramos especialmente por su "sí", nos ayude a ser santos, como el Señor, nuestro Dios, dueño de la Historia, es Santo.
PAX +
et bonum.
Mateo.
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